Como en un sueño tan intenso que nos despierta y nos hace saber que no sabemos dónde estamos, como en los pasajes más oscuros del lonko Pascual Coña, de William Faulkner, de Clarice Lispector y de Calderón de la Barca, la literatura se encuentra con la edición y con la puesta en marcha de sus lecturas por un simple y valeroso acto de desplazamiento: acá estamos, no nos moveremos, acá no estamos. Ya no se trata solamente de saber que un texto relevante debe estar situado y dar fe de eso –en Rancagua, no, en New Brunswick; no, en Copiapó que era Santiago en medio de una cordillera que se hundirá en el mar, no; en el fondo de una cochina estación del metro de Manhattan que es el campo de los indios Lenape destruido por la democracia y la libertad–, también se trata de dejar atrás esos lugares ajenos apenas se pronuncian, destruir el control jerárquico del tiempo y del espacio a través de un desplazamiento constante del sentido hasta llegar al significado. Estar siempre en un lugar diferente de aquí donde uno suponía que estaba leyendo tan cómodo y calientito, sin querer enterarse de que allá afuera la gente está marchando en masa contra una injusticia que no tiene otra cara que un número, muriéndose de frío, matándose de soledad y desesperación económica. Celebrar el único posible significado de la acción política literaria, tal como en su monólogo Iris Rojas –la protagonista de La amante fascista, de Alejandro Moreno Jashés– agradece que nosotros podamos con nuestra lectura llevarla desde el desierto de Atacama donde está abandonada hasta el centro de madres donde se hace una déspota de la artesanía, volverla una de las secretarias masoquistas de la corporación que gobierna un país y luego convertirla en la actriz que reemplaza a la estrella del programa de televisión más infausto de la historia de Chile; hacer que los ojos ensangrentados de una persona que ha estado demasiado rato frente a la pantalla se vuelvan los nuestros, y nuestra boca es la de una mujer militante que hace su declaración de amor final a los torturadores después de días y días de masacre corporal. El desplazamiento del dolor da vida, el grito vaciado es el origen de la palabra, el síndrome de Estocolmo muta en síndrome hemisférico cuando un tercio del continente se llama América y los americanos son sólo la mitad de un país, el centro de detención pinochetista se vuelve un set de televisión, la escritura íntima se hace libro, la lectura personal deviene fiesta en el subterráneo de la neoyorquina McNally Jackson Books, donde la escritora Diamela Eltit y Carlos Labbé –uno de los coeditores de nuestra casa editora– presentarán este libro el sábado 5 de noviembre a las siete de la tarde, con una lectura del mismo autor. La única manera de celebrar es que nunca nos detengan, que nunca nos detengamos y que cada uno pueda detenerse en eso que importa.