Yo, Mónica Ríos, presenté el Festival de Microeditoriales el lunes 18 de agosto de 2008 como a las seis y media con estas palabras:

“Estimados editores y amigos,

Estamos aquí porque sabemos que durante los próximos cinco días se va a desarrollar en las instalaciones del Centro Cultural de España y de la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP, el Festival de microeditoriales. Durante la organización de este evento surgieron varias preguntas, por parte de las personas invitadas a participar y que rechazaron la invitación, o por parte de los interesados en venir: ¿qué es una microeditorial? ¿Por qué no hablar de editoriales independientes? ¿Por qué llamarlo Festival en vez de algo más serio como “encuentro” o “charla”, o ponerle otro nombre cualquiera como el que se organizó en Perú hace poco con un ánimo parecido? Y luego, ¿por qué no invitar a los organismos institucionales vinculados al libro, como Cámara chilena del libro y la Asociación de Editores independientes? Y, por el absoluto contrario, ¿por qué siquiera involucrar instituciones en esta conversación?
Todas ellas tienen respuestas que espero se resuelvan a medida que pasen los días, pero parece necesario declarar el punto de vista de los organizadores que expliquen el porqué de todas estas cosas.

Cuando Sangría Editora envió un comunicado sobre el primer libro que sacó como editorial a principios de este año, recibió un llamado de Natasha Pons. En ese momento, verano aún, ella estaba planeando un festival de autogestión que involucrara las artes plásticas, publicaciones como revistas, sellos de música y no tengo claro si otra cosa más. Este correo gatilló en ella el interés de ampliar este festival a la autogestión literaria. Gestión implica, enmarcado en este espíritu, preguntarse por los organismos o esfuerzos por llevar a la producción literaria más allá de los límites de los que la producen. Más tarde en nuestra organización, se involucró otra persona, Jovana Skármeta, que coordina el Magíster de edición de la Universidad Diego Portales, una instancia que está preocupada, siguiendo la moda española, de profesionalizar el oficio de la edición o por lo menos de organizar el conocimiento previo que hay sobre este trabajo en nuestro país. Se podría decir, entonces, que en la organización de este festival, más que instituciones, hay personas.

Se podría decir eso, claro, pero no se puede soslayar el hecho de que estamos una vez más, la literatura, los editores y la lengua, amparados bajo el ala cultural de España y de la universidad. Mucho tiempo ha pasado ya desde la colonia territorial, para llegar a esta otra forma de presencia que transforma las líneas por medio de las cuales las instituciones y su marco ideológico se hacen presentes en nuestra cotidianidad. Sin duda, la mirada externa nos detecta, nos organiza, y nos devuelve al mundo como una entidad constituida y reconocible.
Creo que estos cinco días deberían decir lo contrario: todas las diecisiete editoriales que participan en este festival no constituimos una entidad gremial ni empresarial; no nos estamos organizando para hablar sobre el IVA del libro (aunque eso nos preocupe en alguna medida) ni para exigir al Estado y a la Cámara de Comercio cosas que puedan optimizar nuestra gestión empresarial, a pesar de que se nos ocurran muchas cosas que pueden mejorar la presencia o la manera en que vive el libro en Chile.

Entonces, debo decir, las instituciones, sí, nos han prestado lugar donde podamos cobijarnos y plata para invitar editores de otros países que nos relaten experiencias que pueden alimentar la discusión. Pero este evento no es institucional. Me parece que por ahí va el espíritu de lo que es una microeditorial, un término un poco amorfo que nadie sabe bien qué significa más que los que propusimos este nombre para denominar a un volumen de trabajo, a una cantidad de personas y a proyectos literarios reales que plasman miradas sobre la literatura y la letra.

Una microeditorial es una editorial independiente, por cuanto este término se refiere a una entidad económica-ideológica compleja y que manifiesta que los capitales que conforman el proyecto editorial no están sujetos a ningún conglomerado económico ni político. Más bien, manifiesta la intención de poner en marcha ideas ligadas a la política en sentido amplio y etimológico, esto es, como parte de lo que está sucediendo ahora en nuestra polis. Sin embargo, no tomamos ese nombre, el de editoriales independientes, porque aquí en Chile esa categoría denomina un tipo de proyecto un poco distinto al que nosotros convocamos aquí: las editoriales independientes en Chile son grupos, empresas pequeñas o medianas donde entre cuatro y nueve o más personas se han dividido las tareas siguiendo el modelo industrial; estas empresas ubican a sus dueños como los portadores de ese sistema de ideas y del gusto, haciendo que el sello y el nombre de la persona vayan de la mano o sean casi lo mismo; además, realizan una tarea de campo al reunirse en una asociación que busca reconocimiento a nivel parlamentario y ministerial. Con todas esas cuestiones positivas y negativas, las microeditoriales no tienen ese carácter.

Debemos reconocernos: somos menos personas las que trabajamos en cada uno de estos proyectos, cuyo sustento depende de la consistencia del proyecto editorial. Hay un trabajo artesanal y de amor al libro que invocan a su contenido, a su posibilidad como ente comunicador, y a su propuesta física, todas partes de un proyecto que nace de la participación de una a tres personas en la totalidad del proceso de producción de un libro. De ahí también la dificultad de que nuestras creaciones tengan la misma presencia que los productos hechos bajo un esquema de la división del trabajo: la poca posibilidad de aparecer en la prensa, el bajo número de las tiradas, los problemas de distribución, la irregular relación con los libreros y con el público. El conocimiento de nuestro campo de acción que nace de haberse dedicado o participado en cuanta cosa se nos pase por delante, ya sea como trabajo que da plata o como parte de un trabajo intelectual, nos invita a operar bajo otros esquemas: arrojo en el proyecto creativo, libertad de ponerlo en circulación. Las dificultades que alimentan el espíritu del proyecto producen maneras alternativas de concretar los proyectos, así como la experimentación y la búsqueda de nuevas manifestaciones y medios para la edición.

Estas son algunas cosas que se me ocurrieron que cada una de las editoriales micro pudieran tener en común y a diferencia de las llamadas en Chile editoriales independientes. Por eso el nombre –microeditoriales– que sacamos de la tradición francesa. No se trata esto de que estas características que mencioné queden firmemente establecidas, pues más de alguno de los dedicados a la edición de este tipo no estará de acuerdo con alguna de ellas. Para eso es este festival: una celebración de todo lo que nos reúne y lo que nos hace divergir, una pelea alegre, una risa triste, todo en base a la generosidad de prestar oído a los otros y responderles sin la intimidación que a veces nos da lo público. La invitación es para que podamos definir por lo menos algunos puntos que nos ayuden a retomar nuestros proyectos a sabiendas de que hay otros que buscan cosas distintas con medios parecidos.

Por último, esta semana no hubiera sido posible sin la colaboración del CCE y del Magíster de edición de la UDP, y sus responsables Natasha y Jovana que ya mencioné. Pero también de Carlos Labbé, mi compañero de vida y de edición en Sangría Editora, y yo, Mónica Ríos.
Gracias.”