Este cuento fue escrito por Carlos Labbé en Oaxaca de Juárez en 2013.


«Sin hambre finalmente, libre y riéndose, Pedro Linares se paseaba por un bosque de ocotes. De pronto se encontró frente a un árbol de copal. Buscó su cuchillo, pero no tenía dedos. Sólo le quedaban los ojos hinchados. El árbol se le animó, se le fue revelando hasta hacerse a un lado. Pedro Linares entró en el siguiente bosque, ahí donde se movían todo el día y durante la noche unos seres extraordinarios, indescriptibles si no fuera por las palabras largas con sonidos crujientes que le salían al paso; querían devorarle algo, pero Pedro Linares no tenía nada suyo que ofrecerles. Entonces la multitud comenzó a gritarle “alebrije, alebrije, alebrije”. El griterío era tal que tuvo miedo y quiso salir de ese lugar. Así fue como despertó en su propio velorio.»